Inevitablemente y tras un viaje –no demasiado largo- en colectivo, tras acostarse en la cama y taparse la cara con la manta e incluso mientras vas a comprar un chicle al kiosco, te asalta ese recuerdo, esa frase, esa mirada, esa caricia e incluso ese lunar que tiene bajo el brazo derecho que termina por colorearte las mejillas, morderte los labios y retorcerte el estomago.
¿Qué tan malo es recordar?
Existe una patología psiquiátrica que habla sobre la ilusión del recuerdo, una evocación deformada de la realidad, y no, no hablo de pensar en que el chico no nos quiso dejar cuando dijo “ándate”. No. hablo de recordar con esa sensación que te hace galopear el corazón y te seca la garganta.
Además, y cuando dicha imagen mental te sacude el cerebro hasta transformarlo en una masa amorfa, la cantidad de preguntas –mal logradas – que aparecen hacen que consideres seriamente el suicidio.¿lo recuerdo por que lo extraño? ¿Qué extraño de él en realidad? ¿Esa vez quiso decir eso, o aquello? Y la que solo pensarla me eriza el cabello de la nuca… ¿sigo –hip- enamorada de él?
OK, alto ahí compañera porque esto no nos lleva a ningún lado, al menos no al que nos gustaría llegar y es ahí donde me detengo ¿A dónde queremos llegar? ¿Es acaso el pasado quien nos ata,Inconcientes –medio conscientes también–anudamos nuestra barca a él?
Incluso aunque a veces nos parezca que estamos muy, muy lejos del puerto, ¿pende de un hilo deshilachado?
No puedo evitar preguntarme
¿Qué podemos encontrar en un pasado borroso, que no hallemos aun en un presente aun más borroso?
¿Tocamos timbre y nos tiramos del colectivo en donde estemos sin saber exactamente a donde vamos?
¿Se puede construir un futuro, con un pasado, presente?
