domingo, 24 de noviembre de 2013

El Amor es un Juego

"Es creencia que las personas que gozan de buena suerte en los juegos de azar, tienen mala suerte en el amor." -  
Creo que es hora de tirar abajo este refrán, que si bien es tan conocido, y transmitido de generación en generación, de abuelito a nieto y como forma de consuelo ante la  ganancia ajena… 
Es algo gramaticalmente erróneo.

Porque el amor y el juego, son simplemente las dos caras de una moneda, la misma moneda que uno introduce en la maquina traga-ilusiones, ternura y esperanzas. 

Y cuando esta devuelve, tres o cuatro moneditas más, no podemos evitar caer en ese eterno circulo vicioso, de todos los juegos.
Así como desde pequeñas cuando nos balanceábamos en la hamaca, o cuando nos retiramos de la vista de un bebé, ese juego que se reinicia con un “otra vez! Otra vez!”.

Vamos a tomarnos un segundo para considerar esto, y pensar, que el amor y el juego, como conceptos bilaterales. El amor, es un juego, y las relaciones son nada mas y nada menos que escenarios y categorías del mismo. Ahora bien, ¿qué tipo de juego?

Así como hay juegos de fáciles, hay relaciones fáciles. Esas que no llevan mucha estrategia, y dura poco su entretenimiento.

Los de aventuras, donde debemos avanzar por distintos obstáculos y peligros a fin de llegar a nuestro objetivo: la princesa, o el casamiento.

También, están aquellos juegos de azar, donde por una pequeña apuesta,  y gracias al azar o el destino, podemos llevarnos un premio. 

Este es proporcional a la entrega que ofrezcamos. Este juego es el más adictivo y peligroso de todos.



En los casinos casi el 90% de las veces la casa gana,  al intentar sacar una estrategia lógica para conquistar nuestro objetivo nos chocaremos una y otra vez con la realidad.
Pero como todo aquello relacionado con el amor, la lógica no tiene poder en ese lugar.



Además, si fuera tan sencillo, los casinos fundirían, las empresas de videojuego quebrarían.
Si bien nos desanima saber que las probabilidades de ganar son pocas, ¿Por qué lo intentamos?

¿Son las pequeñas moneditas que nos arroja la maquina, en forma de sonrisa, beso, o palabra, que nos sirven de aliento para reforzar esa conducta patológica?

Y apostamos más, y las esperanzas crecen.  Pronto nos vemos enredados en una ruleta rusa de cariño y
promesas que es imposible detener.

Tomamos decisiones que nos arrepentiremos luego, dudamos de tirarle una baya o una piedra y que éste escape ante ello… Pero aún así llega el día.

Un día nos quedamos sin monedas. Un día ya no es suficiente.

¿Por qué no nos detuvimos antes? 

¿Qué mala jugada realizamos para perder todas nuestras vidas del juego, y las posibles con él, en escenarios nuevos: matrimonio o hijos?

¿La casa gana, o nosotros perdimos? ¿Para qué nos complicamos tanto con un juego tan difícil?

 ¿Estamos siendo valientes, o inconscientes?



martes, 5 de noviembre de 2013

Amor Ideal

Como personas adultas que somos, hemos incorporado una capacidad de razonamiento lo suficientemente hábil para resolver problemas lógicos de lo más complejos, deducir resultados a partir de premisas confusas, e incluso dilemas morales.

Ese razonamiento que tanto utilizamos en la escuela, universidad o vida diaria, es el resultado de muchas experiencias y horas de estudio.

Pero el mismo, en algunas situaciones entra en choque con otra de las grandes fuerzas mentales: las fantasías.
Al igual que el razonamiento, la fantasía como concepto es a mí entender un constructo creado a partir de horas y horas leyendo novelas románticas con tintes Shakespereanos, de canciones de amor dulces, y de cuentos de hadas con los que nos criaron desde niños.

Entonces, podríamos afirmar que en nuestro interior puja en una suerte de equilibrio dudoso el razonamiento y la fantasía, la razón y el corazón.
Y como tal, es probable que alguna situación, prime una por sobre la otra, y es ahí donde surge el verdadero problema. Cuando se trata de elecciones ¿Cómo se entrelazan estas dos partes de nuestra mente?

Hemos hablado de amores platónicos, aquellos surgidos en la idea que chocan con la realidad al volverse (como esas definiciones de sustantivos que nos daban en la primaria) visibles y posibles de tocar.

¿En qué lugar quedan entonces, los amores idílicos? 

 Ese amor ideal que acuñamos desde la infancia con príncipes de colores, ¡Incluso en la escuela! Cuando Romeo y Julieta forman parte del currículo escolar para traumatizar a futuras generaciones. 
 Y es que no se dan cuenta, que así como nos obligan a llevar una libreta sanitaria al día, deberían también, vacunarnos contra la fantasía.
Porque si hemos crecido con ese ideal de amor, de príncipes encantadores, (o incluso como potenciales portadoras del Complejo de la Bella y la Bestia: No tan encantadores) es probable que suframos de un duro golpe contra la realidad, tan fuerte como el pequeño susto al soñar con caídas.


Es fácil caer enamoradas de aquel ideal, y lo difícil es cuando se intenta buscar “esa persona especial” cargándola y llenando a ese ideal cual maquina de peluches repleta de ilusiones, representaciones y utopías. Si al fin y al cabo, la misma definición de Utopía nos obliga a seguir caminando, en una búsqueda sin final…

¿Cómo nos enamoramos de la realidad cuando en nuestra mente el ideal es tan ideal, y el real es tan real?

Ya definimos el amor en términos psicológicos y sabemos de la existencia del amor real posterior a las etapas de ilusión y desilusión. Pero… ¿Qué tan delgada es la línea entre el amor real y la resignación?

Recuerdo perfectamente una cita de Luna Nueva, donde Bella afirmaba: “Julieta se conforma con Paris no hubiera sido una buena historia”
Bien, pueden discutirme que precisamente estoy citando a otra novela de ficción (y es que vampiros aún no he visto)  
Pero sin embargo,  al inscribir nuestra propia historia de amor, con todo lo que introyectamos de aquellos libros, y todo aquel bagaje, no puedo evitar preguntarme…
¿Cómo no entorpecer nuestras relaciones con aquellos ideales románticos tan altos?

Si es lo que aprendimos desde niñas, si la razón pierde terreno y cae en el barro cuando leemos una nueva novela, y la fantasía ocupa ese lugar.

¿Cómo sobrevivir al desequilibrio idílico? ¿Nos estaremos enamoramos del amor más que del amado?

¿Cómo sabemos cuando gana una sobre la otra? ¿Cuál es más conveniente? 

¿Qué gane la razón, y nos taladre el cerebro como un pequeño pajarito diciéndonos que el amor ideal no existe?  ¿Y si existiera?
¿O que gane la fantasía y taladre a nuestro amor real con que el amor no es así?
¿Podemos conformarnos con una “tibieza cosquilleante” en vez del fuego vehemente que leemos en ficción?

¿Debemos adecuar nuestros sentimientos a personas reales, y no personajes?

Cuando decidimos aceptar al otro con sus defectos, ¿resignamos a Romeo por Paris?