jueves, 26 de diciembre de 2013

Relaciones y Riesgos I

He oído infinidad de historias indefinidas. Historias que la gente no define.

Hasta el mismo Facebook, para reflejar una situación sentimental despliega un largo menú que va desde estar casado, en una relación, comprometido, y los mas extraños e inentendibles de todos:
“en una relación abierta” – “es complicado”


Pues claro que es complicado, tanto, que es imposible de definir.
La gente que tilda esa opción es la que suele decir “nos estamos tomando un tiempo para ver que es lo que queremos” “aun podemos salir con otras personas”

Pero… ¿qué clase de persona puede salir con otras personas, cuando en su cabeza sólo aparecen escenas repetitivas de esos ojos, esa boca, y esas manos?

Al comenzar a conocer a alguien, a los primeros acercamientos dentro de ese “limbo” entre el amor y la amistad, todo nos hace estar pendientes de lo que el otro haga, y llevamos nuestro celular prácticamente adherido a la piel a fin de poder contestar cualquier mensaje que llegue de su parte.


Pero es en ese mismo momento, donde se empieza a gestar ese enamoramiento/encandilamiento producto de la marea que nos producen sus ojos, donde nos vamos arrimando más y más al precipicio.
 Estamos al borde, entre lo que empieza y lo que termina.

¿Podemos llamarle a eso, relación sin compromiso? 

Si ya hemos comprometido nuestra integridad física al acercanos al abismo, si somos más que conscientes del riesgo que conlleva para nuestro corazón. 

Si acaso pareciera que tuviéramos el compromiso a no enamorarnos y algo que hemos aprendido de tanto caminar, es que simplemente, no podemos obligarnos a no sentir.

Nos comprometemos a tener a nuestro Ello a raya, a que  el Superyo o los mea culpa nos atormenten sólo por las noches, y por sobre todas las cosas, prometemos mantener la boca cerrada.

No hablar de amor, de ilusiones, de cuentos con finales felices. Porque al fin y al cabo, estamos hablando de un final. ¿Existen a caso los finales suspendidos en el tiempo?

¿Un stand by en la relación? Si siempre encontramos la lucecita roja encendida, ¿cómo podemos hablar de oscuridad?

Prometemos no querer, prometemos querer.

Cuando se trata de promesas, ¿sabemos los límites de lo que estamos prometiendo? ¿A quién se lo prometemos?


¿Podemos cumplir algo que se escapa de nuestro control?  ¿Qué tan peligroso es dejarse llevar? 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Raíces y Asfalto.

Dicen que del polvo venimos y hacia el polvo vamos.

Dicen que tenemos raíces que nos anudan a la tierra en la que nacimos, a los afectos con los que crecimos, a los amigos que elegimos.




A diferencia de los arboles, para crear raíces no es necesario que pase mucho tiempo.

Basta con que se forme un buen vinculo, una relación, y así dure un mes, tres años, o toda la vida, creamos una base firme, la que nos sostiene ahí.

¿Cuáles son las raíces de nuestras relaciones?
¿Sobre las bases de qué tierras edificamos nuestros sentimientos?

Y a veces, a pesar de creer que con un poco de tierra, un simple riego semanal, y un poco de amor es suficiente, a veces, simplemente la planta no germina.

Las raíces sin embargo están escondidas.

Recuerdo siempre esa canción de Carajo, donde Marcelo entona tratando de sonar indignado: “Tratas de echar raíces sobre los adoquines, tristeza capital, baldeando la vereda” 

Y muchas veces, esta es la triste realidad. 
Tratamos de crear una relación donde sólo hay cemento, donde a pesar de escarbar, ni con la mejor pala, ni con las mejores de las sonrisas podemos lograr que ese bloque de cemento se mueva y nos permita ver detrás. 
Y nos consuela saber, que quizás bajo ese montón de pavimento, hay un poco de tierra fértil aún, que sólo necesita una semillita de cariño.



Algunas relaciones son diferentes,
puede que creamos que el pavimento nos raspa las plantas de los pies y que nunca vamos a encontrarlo, pero cada cierto espacio de calzada, y en algún huequito entre el asfalto, el smog y la ciudad encontramos un pequeño pulmón verde, que nos renueva las esperanzas y nos permite seguir respirando.


¿Qué se necesita para encontrarlo? ¿Es necesario cavar, o seguir caminando?


domingo, 24 de noviembre de 2013

El Amor es un Juego

"Es creencia que las personas que gozan de buena suerte en los juegos de azar, tienen mala suerte en el amor." -  
Creo que es hora de tirar abajo este refrán, que si bien es tan conocido, y transmitido de generación en generación, de abuelito a nieto y como forma de consuelo ante la  ganancia ajena… 
Es algo gramaticalmente erróneo.

Porque el amor y el juego, son simplemente las dos caras de una moneda, la misma moneda que uno introduce en la maquina traga-ilusiones, ternura y esperanzas. 

Y cuando esta devuelve, tres o cuatro moneditas más, no podemos evitar caer en ese eterno circulo vicioso, de todos los juegos.
Así como desde pequeñas cuando nos balanceábamos en la hamaca, o cuando nos retiramos de la vista de un bebé, ese juego que se reinicia con un “otra vez! Otra vez!”.

Vamos a tomarnos un segundo para considerar esto, y pensar, que el amor y el juego, como conceptos bilaterales. El amor, es un juego, y las relaciones son nada mas y nada menos que escenarios y categorías del mismo. Ahora bien, ¿qué tipo de juego?

Así como hay juegos de fáciles, hay relaciones fáciles. Esas que no llevan mucha estrategia, y dura poco su entretenimiento.

Los de aventuras, donde debemos avanzar por distintos obstáculos y peligros a fin de llegar a nuestro objetivo: la princesa, o el casamiento.

También, están aquellos juegos de azar, donde por una pequeña apuesta,  y gracias al azar o el destino, podemos llevarnos un premio. 

Este es proporcional a la entrega que ofrezcamos. Este juego es el más adictivo y peligroso de todos.



En los casinos casi el 90% de las veces la casa gana,  al intentar sacar una estrategia lógica para conquistar nuestro objetivo nos chocaremos una y otra vez con la realidad.
Pero como todo aquello relacionado con el amor, la lógica no tiene poder en ese lugar.



Además, si fuera tan sencillo, los casinos fundirían, las empresas de videojuego quebrarían.
Si bien nos desanima saber que las probabilidades de ganar son pocas, ¿Por qué lo intentamos?

¿Son las pequeñas moneditas que nos arroja la maquina, en forma de sonrisa, beso, o palabra, que nos sirven de aliento para reforzar esa conducta patológica?

Y apostamos más, y las esperanzas crecen.  Pronto nos vemos enredados en una ruleta rusa de cariño y
promesas que es imposible detener.

Tomamos decisiones que nos arrepentiremos luego, dudamos de tirarle una baya o una piedra y que éste escape ante ello… Pero aún así llega el día.

Un día nos quedamos sin monedas. Un día ya no es suficiente.

¿Por qué no nos detuvimos antes? 

¿Qué mala jugada realizamos para perder todas nuestras vidas del juego, y las posibles con él, en escenarios nuevos: matrimonio o hijos?

¿La casa gana, o nosotros perdimos? ¿Para qué nos complicamos tanto con un juego tan difícil?

 ¿Estamos siendo valientes, o inconscientes?



martes, 5 de noviembre de 2013

Amor Ideal

Como personas adultas que somos, hemos incorporado una capacidad de razonamiento lo suficientemente hábil para resolver problemas lógicos de lo más complejos, deducir resultados a partir de premisas confusas, e incluso dilemas morales.

Ese razonamiento que tanto utilizamos en la escuela, universidad o vida diaria, es el resultado de muchas experiencias y horas de estudio.

Pero el mismo, en algunas situaciones entra en choque con otra de las grandes fuerzas mentales: las fantasías.
Al igual que el razonamiento, la fantasía como concepto es a mí entender un constructo creado a partir de horas y horas leyendo novelas románticas con tintes Shakespereanos, de canciones de amor dulces, y de cuentos de hadas con los que nos criaron desde niños.

Entonces, podríamos afirmar que en nuestro interior puja en una suerte de equilibrio dudoso el razonamiento y la fantasía, la razón y el corazón.
Y como tal, es probable que alguna situación, prime una por sobre la otra, y es ahí donde surge el verdadero problema. Cuando se trata de elecciones ¿Cómo se entrelazan estas dos partes de nuestra mente?

Hemos hablado de amores platónicos, aquellos surgidos en la idea que chocan con la realidad al volverse (como esas definiciones de sustantivos que nos daban en la primaria) visibles y posibles de tocar.

¿En qué lugar quedan entonces, los amores idílicos? 

 Ese amor ideal que acuñamos desde la infancia con príncipes de colores, ¡Incluso en la escuela! Cuando Romeo y Julieta forman parte del currículo escolar para traumatizar a futuras generaciones. 
 Y es que no se dan cuenta, que así como nos obligan a llevar una libreta sanitaria al día, deberían también, vacunarnos contra la fantasía.
Porque si hemos crecido con ese ideal de amor, de príncipes encantadores, (o incluso como potenciales portadoras del Complejo de la Bella y la Bestia: No tan encantadores) es probable que suframos de un duro golpe contra la realidad, tan fuerte como el pequeño susto al soñar con caídas.


Es fácil caer enamoradas de aquel ideal, y lo difícil es cuando se intenta buscar “esa persona especial” cargándola y llenando a ese ideal cual maquina de peluches repleta de ilusiones, representaciones y utopías. Si al fin y al cabo, la misma definición de Utopía nos obliga a seguir caminando, en una búsqueda sin final…

¿Cómo nos enamoramos de la realidad cuando en nuestra mente el ideal es tan ideal, y el real es tan real?

Ya definimos el amor en términos psicológicos y sabemos de la existencia del amor real posterior a las etapas de ilusión y desilusión. Pero… ¿Qué tan delgada es la línea entre el amor real y la resignación?

Recuerdo perfectamente una cita de Luna Nueva, donde Bella afirmaba: “Julieta se conforma con Paris no hubiera sido una buena historia”
Bien, pueden discutirme que precisamente estoy citando a otra novela de ficción (y es que vampiros aún no he visto)  
Pero sin embargo,  al inscribir nuestra propia historia de amor, con todo lo que introyectamos de aquellos libros, y todo aquel bagaje, no puedo evitar preguntarme…
¿Cómo no entorpecer nuestras relaciones con aquellos ideales románticos tan altos?

Si es lo que aprendimos desde niñas, si la razón pierde terreno y cae en el barro cuando leemos una nueva novela, y la fantasía ocupa ese lugar.

¿Cómo sobrevivir al desequilibrio idílico? ¿Nos estaremos enamoramos del amor más que del amado?

¿Cómo sabemos cuando gana una sobre la otra? ¿Cuál es más conveniente? 

¿Qué gane la razón, y nos taladre el cerebro como un pequeño pajarito diciéndonos que el amor ideal no existe?  ¿Y si existiera?
¿O que gane la fantasía y taladre a nuestro amor real con que el amor no es así?
¿Podemos conformarnos con una “tibieza cosquilleante” en vez del fuego vehemente que leemos en ficción?

¿Debemos adecuar nuestros sentimientos a personas reales, y no personajes?

Cuando decidimos aceptar al otro con sus defectos, ¿resignamos a Romeo por Paris? 

martes, 22 de octubre de 2013

Prohibidos Parte II: El Mito.

Conocemos el mito de la creación.
Sabemos la prueba que le fue requerida por Dios a Adán y Eva, y esa, era la de renunciar al fruto del árbol prohibido.
Entonces para probar su fidelidad y obediencia, se les  impuso la restricción. Y como no puede ser de otra
manera, lo prohibido se vuelve tentador.

Hemos tratado en una columna anterior el concepto de amores prohibidos, y la manera de reaccionar ante ellos, así como también, el efecto toxico que nos hace tan adictos a él.

Hoy en día, no tenemos muy en claro el concepto de prohibición y es que en la actualidad, hay más que arboles vedados.
Si bien no respondemos ante un Dios, al estar en una relación  hay ciertos mandamientos que uno debe cumplir, y el principal que le da fuerza a la monogamia es precisamente el concepto de Fidelidad.

¿Qué implica ser fieles en la actualidad?

Por supuesto que ahora no andamos medio desnudos por el Jardín del Edén, pero todos los días nos cruzamos con tentaciones que harían sucumbir a Eva de nuevo.

En cada pareja se pacta un contrato único y singular para esas dos personas y a veces incluso implica a otras (no hablar mal de, no estar con el amigo de, no hablar con determinadas personas…)  Esos mandamientos que aprendimos a rajatabla desde el comienzo de la relación, donde el deseo y el amor estaban tan encadenados tiempo después pueden empezar a nublarse.

Y es que el límite entre el bien y el mal está poco definido.

¿Cuántos delitos cometemos por chatear juguetonamente con otra persona?
¿Nos resta puntos en nuestra futura licencia de matrimonio?



Recuerdo la frase de Edward Cullen, quien si bien había renunciado al pecado de tomar la sangre de Bella afirmaba lo mas campante “Que haya renunciado a beber el vino no significa que no pueda apreciar el buque”


Pues bien, para la biblia al menos, hasta con el pensamiento es puede ser infiel.

Pero… ¿no es acaso con el fruto prohibido mediante el cual adquirimos el conocimiento?
Según  Génesis, una vez que probaron el fruto fue que pudieron discernir entre el bien y el mal.
Entre lo que se debe y lo que no se debe hacer.

Si para saber que está mal debemos probarlo primero, nos tragaríamos con la manzana el miedo a disfrutarlo. Y puede que en el peor de los casos,  terminemos mordiéndola y que su jugo tan censurable nos agrade incluso más.

Ante una prohibición, ¿Qué lo hace atractivo?

"Bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y realmente un árbol codiciable para alcanzar la sabiduría"

¿Lo consideramos atractivo sólo por qué está restringido? ¿O sólo nos da curiosidad probar aquello para alcanzar una supuesta sabiduría? 

Entre el cielo y el infierno, ¿Cuál es la decisión correcta?




lunes, 24 de junio de 2013

El Amor y el Deseo

¿Hablamos de amor cuando hablamos de deseo?
¿Son acaso conceptos inseparables?

Después de algún recorrido, después de conocer infinidad de personas, de seguir conociéndolas y de intentar des-conocerlas,  no puedo evitar pensar si amé a todos aquellos, si estuve enamorada, y por sobre todas las cosas, si realmente, realmente los deseaba.

Quiero decir, ¿Existe alguna diferencia entre el amor y el deseo?

No voy a ponerme a parafrasear a Freud acerca de las diferentes concepciones de deseo, pero, básicamente, podríamos definir que el deseo No tiene un objeto.
Es cierto, de hecho, el mismo padre del psicoanálisis hablaba de que éste deseo, siempre va mutando, y al carecer de un objeto estático, pues nunca se satisface.

Ok, sí, yo también tuve deseos de cerrar el libro, prenderlo fuego y decirle algunas cuantas cositas a cierto usuario del diván y fumador de pipas, pero pensándolo en un sentido amplio, en materia del amor, es agradable que éste deseo no se satisfaga.

¿Quién no soñó acaso, con un amor a lo Edward y Bella, o Rosalie y Emmet, donde a pesar de las décadas que llevaban juntos (y la incapacidad para envejecer) seguían rompiendo el mobiliario de la casa cada vez que se besaban?

El deseo no es económico, pero tampoco es sinónimo de amor.

Habría que diferenciarlos entonces, ya que el amor puede adoptar múltiples formas, dice Joaquín Guillen incluso que hay más de un amor, amores que no siempre son de a dos, e incluso hemos hecho un pequeño repaso por ellos en columnas anteriores, amores prohibidos, no correspondidos, platónicos, fraternales, y… el verdadero.

Para la Psicología, el amor verdadero surge en una tercera etapa, posterior al idealista (quien no ha dicho “es más lindo en persona”….) la desilusión (resulta que no era tan así) y la tercera, el amor Verdadero, el amor Real:
La decisión de querer estar con una persona, a pesar de sus defectos, de que nunca ordene su ropa, de que su pelo no luzca siempre perfecto, y que puede (y tiende a) no decir siempre las palabras correctas.

¿Qué relación guarda esto con el deseo?

Si hablamos de deseo, y no necesariamente del deseo psicoanalítico, ¿podemos hablar del deseo por el otro?

¿Ese deseo hacia la otra persona que hace desdoblar y doblar mil veces un trozo de papel con tal de no saltarle encima ante la primera sonrisa?
¿Ese deseo, donde su susurro en nuestro oído y lo que provoca su voz es aun peor que un troyano en una PC sin antivirus?


¿Existe deseo sin amor?  
¿Podemos desear a alguien sin necesidad de involucrarnos emocionalmente con él? O simplemente estamos siendo muy inocentes.

Fantaseando que jugar con un ex sin saber hacia dónde va, que meternos en una relación casual por el solo hecho de satisfacer (Ja!) momentáneamente esa sed del otro, no nos hará daño
No nos producirá sentimientos.

Y en esto me detengo. ¿No nos provocará nada en ese momento? Además del deseo de besarlo muy fuerte, De que cierta bomba de dos silabas empezada por un té y terminada por un amo se nos escape de los labios…

¿Y después? Después de que haber saciado esa ansiedad disfrazada, no tenemos garantías de que la próxima vez que titile el celular con su mensaje no sonríanos como tontas, tragando la aspiración de apretarle los cachetes cuando está concentrado.

¿Es acaso señal de enamoramiento? 

No puedo evitar preguntarme,

Entre el deseo y el amor ¿Cuál de los dos es el más peligroso?

viernes, 25 de enero de 2013

Olvidar y Recordar, esa es la cuestión.

 Es una verdad universalmente reconocida –como diría nuestra adorada Jane Austen- que muchas veces, estas dos palabritas son utilizadas como opuestos.
Particularmente en materia de relaciones, y si hilamos mas fino podríamos afirmar también que ambas sobrevienen ante una ruptura.
Es decir, ¿Cuántas veces oímos decir –y nos oímos decirlo- que deseamos olvidar a alguien?

Incluso en esa película tan conocida “Eterno resplandor de una muerte sin recuerdos” la protagonista se somete a una intervención para eliminar todas las memorias de su ex novio.

Podríamos estar horas debatiendo acerca de que si es o no correcta su decisión pero me interesa destacar el hecho de que recordar todo de esa persona no es precisamente símbolo de no haberlo olvidado.


Lo curioso es que muchas veces utilizamos el “olvidar” como emblema de que dejamos atrás una relación, y que ya no sufrimos por ello, que hemos cerrado el capitulo y que ya no duele, ya sanó.
 Que las células de nuestro cuerpo se renueven cada año, y ese año,  crecimos,  soñamos y hasta dijimos cosas diferentes.

Pero es probable que en algún momento surja un recuerdo, una foto, melodía o hasta libro cuyo pensamiento deriva en “aquel que no se puede nombrar” y adiós cordura.

Una duda nos asalta: ¿Todavía no lo olvidé? ¿Qué no olvidé? Si sus ojos, su rostro e incluso su numero de teléfono pueden seguir almacenados en nuestras huellas mnémicas.

Es complicado, ya q la misma anatomía nos confunde.
A pesar de sentir física e inexplicablemente el enamoramiento en la piel, en el estomago e incluso en la punta de los dedos, cuando se trata del vacío, del “ya no” es mas confuso.
Quizás No haya en este caso un indicador tampoco.
Quizás No es como con las heridas, que cuando dejan de sangrar se nota en la “cascarita” que a veces es tan irresistible para arrancar.

¿Dónde encontramos esas cicatrices invisibles?

Y por más que las encontremos, por mas que sepamos el momento exacto en el que la herida se produjo… ¿Qué cambia? ¿es acaso símbolo de algo?

Si en el mismo recuerdo existe el olvido, si en el olvido existe el recuerdo.
Si viviéramos cosas para olvidar ¿Qué sentido tendría? ¿para que sirvieron todas nuestras relaciones pasadas?

¿Se olvida el por qué lastimó, o se olvida cómo nos lastimaron?