Como
personas adultas que somos, hemos incorporado una capacidad de razonamiento lo suficientemente hábil para resolver problemas lógicos de lo más
complejos, deducir resultados a partir de premisas confusas, e incluso dilemas
morales.
Ese razonamiento
que tanto utilizamos en la escuela, universidad o vida diaria, es el resultado
de muchas experiencias y horas de estudio.
Pero el
mismo, en algunas situaciones entra en choque con otra de las grandes fuerzas
mentales: las fantasías.
Al igual
que el razonamiento, la fantasía como concepto es a mí entender un constructo
creado a partir de horas y horas leyendo novelas románticas con tintes Shakespereanos,
de canciones de amor dulces, y de cuentos de hadas con los que nos criaron
desde niños.
Entonces, podríamos
afirmar que en nuestro interior puja en una suerte de equilibrio dudoso el
razonamiento y la fantasía, la razón y el corazón.
Y como tal,
es probable que alguna situación, prime una por sobre la otra, y es ahí donde
surge el verdadero problema. Cuando se trata de elecciones ¿Cómo se
entrelazan estas dos partes de nuestra mente?
Hemos hablado
de amores platónicos, aquellos surgidos en la idea que chocan con la realidad
al volverse (como esas definiciones de sustantivos que nos daban en la
primaria) visibles y posibles de tocar.
¿En qué
lugar quedan entonces, los amores idílicos?
Ese amor ideal que acuñamos desde la infancia
con príncipes de colores, ¡Incluso en la escuela! Cuando Romeo y Julieta forman
parte del currículo escolar para traumatizar a futuras generaciones.
Y es que no se dan cuenta, que así como nos
obligan a llevar una libreta sanitaria al día, deberían también, vacunarnos
contra la fantasía.
Porque si
hemos crecido con ese ideal de amor, de príncipes encantadores, (o incluso como
potenciales portadoras del Complejo de la Bella y la Bestia: No tan encantadores)
es probable que suframos de un duro golpe contra la realidad, tan fuerte como
el pequeño susto al soñar con caídas.
Es fácil
caer enamoradas de aquel ideal, y lo difícil es cuando se
intenta buscar “esa persona especial” cargándola y llenando a ese ideal cual
maquina de peluches repleta de ilusiones, representaciones y utopías. Si al fin
y al cabo, la misma definición de Utopía nos obliga a seguir caminando, en una
búsqueda sin final…
¿Cómo nos
enamoramos de la realidad cuando en nuestra mente el ideal es tan ideal, y el real
es tan real?
Ya definimos
el amor en términos psicológicos y sabemos de la existencia del amor real
posterior a las etapas de ilusión y desilusión. Pero… ¿Qué tan delgada es la línea
entre el amor real y la resignación?
Recuerdo perfectamente
una cita de Luna Nueva, donde Bella afirmaba: “Julieta se conforma con Paris no hubiera sido una buena historia”
Bien, pueden
discutirme que precisamente estoy citando a otra novela de ficción (y es que
vampiros aún no he visto)
Pero sin embargo, al inscribir nuestra propia historia de amor, con todo lo que introyectamos de aquellos libros, y todo aquel bagaje, no puedo evitar preguntarme…
¿Cómo no
entorpecer nuestras relaciones con aquellos ideales románticos tan altos?
Si es lo que
aprendimos desde niñas, si la razón pierde terreno y cae en el barro cuando
leemos una nueva novela, y la fantasía ocupa ese lugar.
¿Cómo
sobrevivir al desequilibrio idílico? ¿Nos estaremos enamoramos del amor más que
del amado?
¿Cómo
sabemos cuando gana una sobre la otra? ¿Cuál es más conveniente?
¿Qué gane la
razón, y nos taladre el cerebro como un pequeño pajarito diciéndonos que el
amor ideal no existe? ¿Y si existiera?
¿O que gane
la fantasía y taladre a nuestro amor real con que el amor no es así?
¿Podemos
conformarnos con una “tibieza cosquilleante” en vez del fuego vehemente que
leemos en ficción?
¿Debemos adecuar nuestros sentimientos a personas reales, y no personajes?
Cuando
decidimos aceptar al otro con sus defectos, ¿resignamos a Romeo por Paris?
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