Cada momento de nuestra vida, cada paso que damos para subir
un escalón, y cada tropezón esta determinado por una decisión.
Caminar, crecer y seguir están sujetas siempre a decidir
sobre nuestras acciones.
Algunas veces estas decisiones implican detenernos; otras,
resistir y avanzar.
Y muchas de ellas elegir ante un escaparate de opciones.
Cuando se trata de decisiones...
¿Qué factores tomamos en
cuenta para nuestra elección?
A veces el futuro se cuela en nuestras retinas y hacemos un
breve repaso mental de lo que nos otorgaría la elección: creemos que lo hacemos
a conciencia, sólo por tomar en cuenta el futuro que se nos abre a partir del
paso que demos.
Otras, no tenemos muy en claro como será ese futuro, y es la
incertidumbre que como pantalla de humo nos confunde, lo que nos intimida y nos
olvida a retroceder y vacilar sobre nuestros talones.
Toda decisión implica arriesgarse y resignar algo a cambio:
un futuro con sus consecuencias, predecible o no, a fin de conseguir otra cosa,
que puede ser un final alternativo a nuestra trama.
Si esto es así, ¿Qué nos impide tomar la decisión correcta?
¿Es acaso en la diversidad de opciones donde se nos nubla la
razón, y el egoísmo o miedo, nos impide seguir avanzando y resolver para
concluir ? pues claro, si no habría
opciones, no tendríamos nada que elegir, y sólo aceptaríamos automáticamente lo
que se nos ofrece…
Entonces, ¿sería mas fácil si ya estuviera escrito?
Cuando las cosas son inevitables,
Cuando las situaciones se dan por una mera sucesión de
hechos, y sólo nos transformamos en un “triste juguete del destino”.
Ese destino inamovible e imposible de cambiar, por mas
que hagamos lo que hagamos, que cometamos un error tras otro… porque, tarde o temprano, ¿vamos a terminar así?
¿En qué momento lo escrito se transforma en tragedia?
Entonces, es casi lógico el porqué se conoce al pensamiento griego como pensamiento trágico,
ya que desde esa perspectiva, nada se puede cambiar.
Aunque para ellos puede ser un poquito mas sencillo, ya que
si todo estaba escrito o prescrito por los dioses, y los errores solo se
producen por ignorancia...
¿Es la ignorancia la excusa perfecta? Si no conocemos la
regla es difícil que se considere un pecado romperla, pero sin embargo,
¿conocemos las consecuencias de nuestros actos? ¿podemos ser responsables
Para que esto suceda, debemos actuar con libertad, es decir,
con ausencia de algún tipo de coacción… y esto, inevitablemente nos traslada de
nuevo al casillero anterior, ¿perdimos el turno, o tiramos los dados de nuevo?
Sujetos a las consecuencias de nuestros actos, ¿Podemos
dejar las cosas libradas al azar?



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